miércoles 3 de septiembre de 2008

Entre el cielo y la tierra

La lluvia caía mientras caminaba perdido por una calle oscura, sin nombre, sin casas, sin vida. Todo a mi alrededor era soledad, sórdida soledad. Los pasos me llevaban a ninguna parte, veía bocacalles como el que ve pozos negros sin fondo, veía almas errantes, iguales a mí, caminando sin rumbo por la misma calle que yo recorría. Pero estaba solo, mojado por la lluvia en esa calle triste, olvidada y solitaria.
No obstante, en mi camino me encontré con una luz que se escondía en las profundidades a mi derecha. Parecía una suerte de local subterráneo con forma de refugio militar que, después de la guerra, habían habilitado para hacer las veces de bar de copas. No es que me atrajera lo más mínimo pero, claro, entre caminar a solas sin rumbo por la calle mientras llueve o beber también a solas y sin rumbo, pero sin mojarme, escogí lo segundo.
Y bajé por las mugrientas escaleras hasta dar con la puerta, que abrí para ver un curioso pero sombrío ambiente. Había una iluminación tenue gracias a la lámpara encima de la mesa de billar que había al fondo y a las pequeñas lamparitas de la barra, la cual estaba a mi izquierda. Era un local alargado, aunque cabían bien tres personas por la parte más estrella. Al fondo, como para dar cabida a la mesa de billar, tenía una especie de recámara.
Había bastante gente y, sin embargo, daba esa impresión de soledad que venía acompañándome desde que emprendí mi marcha por aquella calle. La música estaba alta, pero a un nivel razonable. Se escuchaban viejas glorias como pink floyd, the Doors, The who, Bob Dylan o los Rolling Stones. Satisfaction me sorprendió sentado en un taburete cerca de la entrada, en la barra, bebiendo un buen bourbon con cola. El tiempo pasaba tan despacio que las canciones me parecían conciertos enteros. Con cada sorbo de mi copa, la embriaguez iba copando todos los lugares de mi mente.
Durante este milenario proceso e interrumpiéndolo, entró por la misma puerta que lo había hecho yo una silueta femenina que me resultaba extrañamente familiar. Tan extraño fue que se sentó a mi lado y empezó hablarme. "Espera un momento, ¿quién eres?" tuve que decirle antes de que llenara tanto mi mente con sus palabras y olvidara qué estaba pasando.
Resultó ser una vieja compañera de clase y enseguida vino a mi cabeza quién era. "¡cómo has cambiado!¡qué guapa estás!¿Qué es de tu vida?" desfilaron por mi boca. Fue una conversación agradable, más por su presencia que por lo que dijimos. También había entrado en ese bar para refugiarse de la lluvia que, según me dijo, cada vez iba a más. Había terminado de estudiar hace poco y estaba buscando trabajo. Su novio la había dejado plantada esta tarde y por eso había salido a emborracharse para olvidarlo. Quizá fuera mentira, lo cierto es que le invité a la siguiente copa y brindamos por la lluvia que nos había reunido después de tanto tiempo.
El tiempo seguía pasando y a veces pasábamos de escuchar "who are you" a "light my fire" mientras hablábamos de cosas sin sentido que, quizá por culpa del bourbon, no consigo recordar fielmente.
No sé muy bien como fue ni tampoco recuerdo muy bien el camino ni la lluvia, el caso es que el día siguiente lo amanecí en una casa desconocida y a su lado. Me desperté antes que ella, con un ligero dolor de cabeza, aunque nada realmente importante. Me levanté y, sin despertarla, comencé a mirar alrededor, a ver las fotos, etc. En muchas de ellas aparecía ella con un hombre que debía ser su novio, el que decía que la había dejado plantada.
El reloj marcaba las tres cuando se despertó. No se extrañó de verme y me sonrió. Le contesté con una sonrisa y le ofrecí prepararle un café. Afuera, como si de una maldición divina se tratara, continuaba lloviendo.
La embriaguez nos había abandonado ya y hablando comenzamos a recordar aquellos tiempos pasados, cuando éramos más jóvenes y buscábamos comernos el mundo. Yo quería escribir novelas y ella quería ser médico. Nada de ello pudo ser acabando ella como enfermera y yo como vulgar parado que no recordaba, por lo inútil de ello, ni en qué consistía su último trabajo. Parecía contenta de haberme visto y me propuso hacer una promesa: Volver a tener la energía del pasado e intentar hacer nuestros sueños realidad. Me pareció algo muy infantil, pero extrañamente agradable, así que accedí a la promesa.
No quedaba ningún sitio abierto para comer, así que entramos en uno de esos locales de comida rápida que reparten hamburguesas las veinticuatro horas del día y comimos allí. La lluvia no paraba y servía de música de fondo a nuestra conversación, tan imaginativa como irrelevante.
Dimos una vuelta por las calles, algo menos oscuras y solitarias que la noche anterior, refugiados por su paraguas y cuando anocheció, la acompañé a su casa de nuevo. La despedida fue menos efusiva que el reencuentro y constó de un simple pero afectuoso y entrañable beso. Derramó una lágrima, sonreí un poco y le dije buenas noches. Me dijo que aceptara su paraguas para no mojarme yendo a mi casa.
La lluvia golpeaba el suelo sin cesar, como intentando atravesar el mundo y refugiarse en un lugar desconocido. Pero la soledad, la angustia, la felicidad y la tristeza, como todas las sensaciones del mundo, no son más que simples trivialidades de la vida que igual que vienen se van. En esos momentos no podía ocultar mi sonrisa a causa de una sensación a medio camino entre felicidad y nostalgia. Aunque la volví a ver más veces después de eso, nunca le devolví el paraguas. No sé si alguno de los dos llegó a cumplir su promesa, pero, desde luego, esa noche quedaría grabada en mi mente para siempre. La lluvia continuó durante tres días más.

lunes 12 de marzo de 2007

Destinos distintos

Bajo la tenue luz del ocaso yacía la silueta de una mujer solitaria. No se sabía muy bien que hacía, quizá caminar sin rumbo.
Se escuchaba el ruido de unos cascabeles al chocar, proviniente del lado de la mujer.
Yo iba en bicicleta por el borde del camino, lejos de la orilla del río en la cual paseaba ella.
Debí tropezar, porque no recuerdo nada de lo que pasó.
Cuando me levanté, tenía todavía el recuerdo del chirriar de las ruedas de mi bici y de la silueta oscurecida por la luz de aquella mujer. Pero era todo muy diferente.
Me desperte en una habitación amplia, gris y vacía. Mis pensamientos retumbaban en la pared y se olía una desesperante sensación a soledad. Me incorporé y noté un mareo tan intenso que me hizo retroceder y caer sentado sobre la cama.
El ruido debió alterar a la gente de la casa, y una anciana subió. Me miró sorprendida, pero no dijo nada. Cogió mi mano y me sacó de la habitación, vigilando que el mareo no me derribase. Bajamos unas escaleras, también grises, y llegamos a una especie de salón, con las paredes descorchadas y unos cuantos muebles, también grises, rodeando una mesa blanca y vacía que había en el centro. Alrededor de ella había unos niños, muy quietos para ser niños, mirándome sorprendidos, aunque serenos.
Entonces comenzaron a mover los labios. La vieja les contestaba, pero no diferenciaba nada. Oía un murmullo descontrolado e incoherente. No entendía su idioma.
Uno de los niños se me acercó. Me preguntó algo que, por el gesto de sus manos, debía ser un "Cómo te llamas". Le dije mi nombre y sonrió. Ella me dijo el suyo pero no lo entendí.
Sí, era una niña, pero su manera de vestir daba lugar a errores. Sin embargo el timbre de su voz la delataba.
Vestían extraños, de gris, con ropas bastante simples y austeras. Yo también iba vestido así, nada quedaba de mis vaqueros y mi camiseta roja.
La niña me cogió de la mano y me llevó hasta la calle. Creo que se llamaba Skuld.
Me llevó de pase por las calles de su ciudad, llena de edificios derruídos y de carreteras rotas. Un cielo nublado y oscuro atravesado por pequeñas lanzas de sol se cernía sobre nuestras cabezas.
En la calle había gente vestida de gris, algunos escarbando en los viejos edificios.
Había un hombre con unabarba descuidada y un atuendo realmente harapiento intentando hacer funcionar una especie de radiocastte, pero no lo tenía enchufado a ningún lado. Finalmente lo tiró contra el suelo y continuó caminando.
Seguí junto a la niña que me llevó a una especie de basurero, donde había un montón de objetos antiguos y destrozados. Me llevó ante uno de los montones. Ahi estaba mi bici.
La señaló con el dedo.
Estaba un poco sucia, pero no había sufrido grandes daños, salvo porque las cámaras de aire estaban vacías. Estuvimos buscando por el basurero hasta que encontré un hinchador, bendita casualidad, y me propuse entonces arreglar la bici.
Volvimos a casa, Skuld montada en mi bicicleta. Por primera vez en mucho tiempo, escuché el sonido de una sonrisa, y me calentó el corazón. No pude evitar sonreír yo también.
Cuando íbamos de camino la gente nos miraba asombrados y Skuld les dejaba la bicicleta para que se dieran un paseo. Así con mucha gente.
Volvimos a ver al hombre de la radio que, ésta vez, intentaba encender un ordenador portátil que tenía la pantalla agujereada. Dejó el ordenador y miró asombrado a Skuld.
Cuando llegamos a casa los niños de antes salían despidiéndose de la anciana.
Nos quedamos un rato montando en bicicleta en la puerta antes de que anocheciera y luego entramos a la casa. La anciana estaba tejiendo un pañuelo y en eso se rompió uno de los hilos y se pinchó. Fui a ayudarla y me dijo: "No pasa nada". Me sobresalté y di un salto para atrás. Sabía hablar como yo.
La niña se dirigió a ella y le dijo algo. Entendí que la anciana se llamaba Urd.
Había preparado la cena y comimos amablemente, bajo la luz de una vieja lámpara de gasoil. Era el mayor avance tecnológico que había visto en ese pueblo. Avance que funcionara, me refiero.
Es curioso, me preguntaba como habría ido a llegar allí.
Cuando me fui a acostar, la abuela me cogió de la mano y me dijo:
"Gracias por haber jugado con mi nieta, desde que se fue su madre había estado muy triste. Verdande es una chica muy inquieta y le encanta enseñar a la gente cosas de su vida o de la vida en la que viven. Siempre lleva unos cascabeles que le até con los mejores hilos que en mi juventud enebré encima. Representan a nosotras tres."
Le pregunté que donde estábamos y que donde me habían encontrado y hacía cuanto. Pero no me supo responder. Llevaba bastante tiempo dormido, desde que ellas se habían instalado en esa casa.
Me costó conciliar el sueño, pero al final dormí.
Recordé la silueta de aquella mujer en la luz del ocaso, y el sonido de agudo de los cascabeles que me envolvía. Poco a poco se fue haciendo más y más intenso hasta que, de pronto, abrí los ojos de golpe. Me dolía todo el cuerpo y mi bici estaba unos metros más para alante.
Estaba tumbado en la orilla del río sin saber muy bien qué había pasado. ¿Había sido todo un sueño?
A lo lejos vi la silueta de la mujer cómo se alejaba, mientras escuchaba el eco de los cascabeles cada vez más débil.
Intenté levantarme y seguirla, pero tenía el cuerpo demasiado dolorido como para hacer eso.
Cuando conseguí levantarme, la silueta había desaparecido y el ruido de los cascabeles sehabía convertido en una suave canción cantada por los grillos.
Poco a poco, la luz del ocaso se fue tornando oscuridad.
Mientras volvía, encontré un extraño pañuelo. Era el mismo que estaba tejiendo la anciana, o eso me parecía. En él, se veía a una niña sonriendo cogida de la mano de un hombre también sonriendo.

martes 27 de febrero de 2007

Niebla y locura

Cuando la noche cae, a veces en estas tierras se alza una densa y húmeda niebla y se escuchan en la lejanía escabrosos gritos que atemorizan a todo el pueblo.
Se dice que, hace unos cuantos años, en el lugar de donde ahora nace la niebla, había una casa donde vivía una rica familia aristocrática compuesta de un padre y sus dos hijos.
La casa tenía sólo tres sirvientes contratados, ya que la época de la nobleza había pasado a mejor vida y tenían que vivir de lo que les quedaba.
Uno de esos sirvientes se encargaba de comprar comida y demás menesteres de la vida diaria y llevarlos en carro a la casa.
Un día, el padre aristócrata cayó enfermo y mandó a su sirviente a comprarle medicinas y buscar un médico. Se fue unos días y, cuando volvió, se había levantado una terrible niebla. Sin embarg, temeroso por lo que a su amo le pudiera pasar, decidió adentrarse en la niebla y llevarle las medicinas que el médico le había dado para preparar su llegada en dos días.
A la mañana siguiente, la niebla todavía no se había despejado, pero un carruaje destrozado y ensangrentado llegó al pueblo.
Dentro se hallaba el cuerpo, aún con vida, de ese sirviente.
El médico había llegado un día antes de lo previsto al pueblo y al verlo no pudo evitar atenderlo con la vana esperanza de salvarle la vida. Sus últimas palabras fueron: "no... ya no es quien era!" y cayó en un sueño del que no despertaría ya más.
El médico, acompañado de cuatro valientes del pueblo, decidió ir a ver que pasaba en la casa.
Primero decidieron esperar a que la niebla amainase pero, en vista de que duraba y duraba, terminaron por ir a pesar de ésta a averiguar que había sucedido.
Llevaba las medicinas por si acaso, pero también llevaban antorchas, rifles y municiones.
Conforme avanzaban, la nieba se iba volviendo más y más densa. Una sensación de agobio y miedo se iba apoderando poco a poco de ellos, tanto que el más mayor de los del pueblo que le acompañaron decidió huir corriendo. Sin embargo, se perdió en la niebla y no se volvió a saber más de él.
Cuando llegaron a la casa, vieron que, misteriosamente, estaba despejada de niebla y que estaba perfectamente iluminada. Pero la alegría duraría poco, pues en la puerta había colgado un brazo ensangrentado. Sin embargo, se acercaron y, en un golpe de vista, vieron que se trataba del brazo de uno de los sirvientes, ya que el resto del cuerpo se encontraba clavado al arco de la puerta, incluyendo la cabeza, en la cual se dibujaba una expresión de miedo y terror inimaginables.
A pesar de la terrible escena, decidieron seguir adelante para terminar con el misterio.
Tiraron la puerta abajo y atravesaron el jardín.
De la fuente del jardín no manaba agua, sino sangre. ¡Quién sabe lo que habrían visto los árboles mudos de la casa!
La puerta principal de la casa estaba abierta y, aunque ellos estaban asustados, decidieron entrar, empuñando los rifles, eso sí.
Una vez dentro, escucharon un terrible lamento que provenía de la habitación más alta de la sala, donde según las informaciones del siguiente, dormía el padre.
Pero el grito no era de hombre.
Los cuadros estaban manchados de sangre. La tercera y última de las sirvientes apareció ante los ojos de el médico y sus compañeros. No fue una visión agradable, a pesar de que estuviera viva.
De hecho, el médico se extrañó de ello al verla, pues le habían cortado las dos piernas y la habían clavado de un brazo al último escalón de la escalera. No podía gritar porque le habían cortado la lengua y, además de eso, le habían hecho un terrible corte que le atravesaba todo el cuerpo. Debía llevar así un día. Le amputaron la mano atravesada por el clavo para evitar que la gangrena se expandiese por el cuerpo y se pararon a curarla.
Con la mano que le quedaba y las herramientas para escribir que el médico siempre llevaba a mano, escribió lo siguiente:
"La locura llevó a nuestro amo a suicidarse. Su hija mayor se vio muy afectada y se encerró con el cadáver un día y una noche enteros sin dejar que, ni siquiera su hermano, entrase.
De la sala se escucharon terribles gemidos de dolor y fue entonces cuando la niebla que cubre hoy los cielos comenzó a aparecer. La chica salió del cuarto de su padre y se dirigió al jardín. Pasó varios días mirando al vacío con la mirada extraviada, como si no fuera ella quien miraba.Un día, su hermano estaba jugando con los perros. Ella les disparó y los mató sin previo aviso. Entonces mi compañero salió a ver que pasaba atraído por el ruido del disparo y fue el siguiente. El niño corrió a dentro de la casa y nos escondimos en una de las habitaciones. Creo que fue entonces cuando vino el otro, que fue atacado por la chica y huyó como pudo. No lo sé muy bien.
Sin embargo, era cuestión de tiempo, y ella nos encontró. Intentamos luchar contra ella, pero nos redujo al instante. El niño cayó inconsciente y a mi me hizo esto. Yo no puedo seguir viviendo así, pero, por favor, acabad con ella y su locura, no dejeis que siga haciendo esto."
Lo que pasó después fue algo confuso. En un último esfuerzo, la mujer se reabrió la herida con la mano y se tiró por las escaleras. Había estado esperando a que alguien llegara.
Continuaron subiendo y llegaron a un cuarto con una puerta profundamente desagradable. Otra vez los clavos protagonizaban el cuerpo sin vida de un pobre niño que había sido asesinado por la locura de su hermana y tapiado a la puerta.
Pero tenían que abrir la puerta, para ver que pasaba allí.
Y entraron en la habitación.
Había una mesa con cuatro sillas, cuatro tazas de café misteriosamente caliente y cuatro velas.
Se escuchó una voz: "por favor, sentaos".
Los cuatro, como hipnotizados se sentaron.
La chica, de unos 16 años, se dejó ver. Vestía normal y en su cara había una expresión de pena terrible. Se acercó a donde el médico y los demás, que sujetaban temerosos los rifles.
Ella comenzó a hablar: "Mi padre, no, mi único amor... ellos lo mataron. ¡No se suicidó! ¿Por qué se suicidaría teniéndome a mi? Siempre fui la niña de sus ojos y la mujer de su corazón desde que mi madre murió. Pero ellos no estaban de acuerdo. Incluso los perros arremetían contra nosotros. ¿Por qué nos trató tan mal todo el mundo?¿Por qué? Él no se suicidó, ¡Le mataron! Y yo vengaré su muerte. ¿Por qué no?"
Estaban asustados, sin embargo, no se habían percatado de un detalle.
En la habitación había una cama, que es de donde había salido la chica. Sin embargo, había una sombra extraña.
El médico se levantó, ignorando que la niña estaba por ahi y dejando el rifle con sus compañeros y se dirigió a la cama.
Quitó el velo que la cubría y allí se encontró con el cuerpo, maquillado para aparetar vida, del hombre que en un principio había venido a tratar. Se haía atravesado el corazón con una espada corta y la cama estaba teñida del rojo oscuro de su corazón. La chica se abalanzó entonces sobre el médico, pero éste puedo esquivarla gracias al grito de sus compañeros.
La chica cogió la espada delpecho de su padre y amante y arremetió contra el médico y los demás. Los rifles, por algún motivo extraño, quizá la niebla, no disparaban y uno de los chicos fue rebanado por la enloquecida. El resto salió corriendo huyendo de la terrible visión.
Sin embargo, cuando llegaron a la puerta, escucharon una voz:
"Por favor, ayudadme. No dejeis que mi dulce niña cometa más atrocidades por mi culpa. Mi locura ahora se aloja en el cuerpo de ella. Por favor, no la dejeis así."
Una visión fantasmagórica que hizo que el médico, que no creía en estas cosas, decidiera enfrentar a la chica. Le dijo al resto que se quedara en la puerta, fuera de la casa. Se acercó a ella desarmado y, en un golpe de suerte, consiguió hacer que ella misma se clavara la espada en el pecho. Entonces, ella susurró: "Gracias, aunque ya no pueda remediar todo el mal que hice...". Y murió.
Misteriosamente, su cuerpo se hizo cenizas, al igual que el resto de la casa, la cual empezó a desaparecer ante sus ojos. Cuando todo hubo desaparecido, la niebla comenzó a disiparse. A lo lejos, según dicen, vieron ocho siluetas, una de ellas de niño y dos de ellas de mujer.
Volvieron al pueblo y durmieron por dos días. Cuando despertaron, decidieron volver a donde estaba la casa, pero solamente se hayaban los pilares y restos de un incendio que había consumido la casa hacía al menos una semana.
Entonces... todo lo que habían vivido... ¿Había sido una pesadilla?
Se cuenta que cuando aparece la niebla, si hay luna llena, la casa vuelve a aparecer siempre inundada de los llantos de la chica por haber cometido semejantes atrocidades. Se dice que ese es el castigo que eligió para pagar sus crímenes cometidos por culpa de la locura que le invadió.
El médico y los demás supervivientes decidieron no volver nunca más al pueblo, a pesar de que los chicos tuvieron que abandonar el sitio donde se habían criado.

Ahora, el pueblo es una verdadera atracción turística gracias a esta leyenda. Están pensando en hasta hacer la adaptación fílmica de la historia. Me encargaron hacer la banda sonora, por eso vine al pueblo para documentarme y contagiarme del ambiente.
No es una historia agradable, pero la película seguro que se convierte en un éxito de taquilla.

jueves 22 de febrero de 2007

Un Pequeño Principio

Muchas veces no importa lo que se dice, sino cómo se dice.
Otras, en cambio, se tienen grandes cosas que encontrar pero no se sabe cómo.
Mi caso no es ni uno ni el otro.
Se dice que hace tiempo un niño ya crecido en años, para contar las trivialidades de su vida sin implicarse demasiado, decidió escribir cuentos vagamente basados en ellas.
Quizá echaba de menos a alguna persona, o se sentía solo en algún lugar, pero se puso a escribir.
"""
Contaba que hacía aún más tiempo, había habido un animal de una especie olvidada capaz de pensar por su cuenta y de vivir con otros de su especie o incluso de otras. Dicho animal no tenía muy claro por qué estaba en su mundo ni qué le invitaba a seguir en él.
Se pasaba la vida esperando, deshaciendo y revolviendo las trivialidades del día a día, pero esperando. ¿Esperando a qué? se preguntaba muchas veces.
Una vez salió a pasear, como tantas otras. Dio una vuelta por los campos, pasó por los bosques que siempre pasaba y se asomó al barranco que siempre se asomaba y una roca se desprendió haciéndole caer al vacío, junto con la roca suicida.
Sus ojos se cerraron y pronto el silbido en sus oídos de la caída desapareció.
Una sensación húmeda invadía su cuerpo.
Recordó cuando vivía feliz con sus compañeros, sus amigos y toda la gente con la que había estado viviendo. Sin embargo, poco a poco, por un motivo u otro, dichos amigos, compañeros y gente fue desapareciendo de su lado. Unos marchaban de repente, otros avisaban que iban a marcharse. Al final se quedó solo, el último de su especie que tanto había proliferado en los tiempos pasados.
Pero continuó su vida con la esperanza, quizá en vano, de que algún día sus amigos volverían, se reencontraría con sus compañeros y volvería a estar rodeado de gente.
Una esperanza que poco a poco se fue desgastando, tiñéndose de naranja viejo, y empequeñeciéndose.
En eso, una luz muy intensa le cegó. Cuando pudo abrir los ojos, sus cabellos estaban mojados, sus manos arrugadas y su ropa desgarrada. Ya no quedaba nada de ese barranco ni de esa piedra traicionera. Sólo había agua, la inmensidad de un océano que llegaba hasta donde le alcanzaba la vista. Y a su espalda una tierra desconocida.
Un terrible sentimiento de angustia se despertó en su interior.
Se quedó desplomado sin poder hacer nada, frente a aquella playa, durante varios días hasta que notó un peso en su hombro.
Giró la cabeza y en su cara se dibujó una agradable sonrisa.

"""
Y, bueno, ese niño no sabía muy bien como expresar lo que de veras sentía, pero intentaba que, mediante los cuentos y los escritos, pudiera encontrar algo en su mente o existencia que le guiara hacia un futuro donde poder ser un poco más feliz.

Quizá no estaba tan lejos delas personas que podría buscar, sencillamente pensaba que estaban más lejos de lo que realmente estaban por falta de comunicación o alguna cosa similar.
El caso es que ese niño no escribió muchos cuentos, supongo que porque pronto fue capaz de encontrar lo que buscaba y ser un poquito más feliz.
Muchas veces uno se da cuenta de que no se es nada sin los demás porque, si no hubiera nadie... ¿con quién te ibas a comparar?¿a quién le ibas a enseñar tus cuentos?
Como el animal de la historia, quizá tus cercanos hayan desparecido de tu vista pero, quien sabe si al final volvieron. De todas formas, su sonrisa final nos hace ver una cosa muy importante. A veces pasan cosas buenas.

Y yo, motivado por las historias de ese animal y de ese niño, decidí hacer algo parecido, intentar escribir cuentos para encontrarme conmigo mismo y, sobre todo, para intentar llenar esta sensación de vacío que últimamente se apodera de mi.
Quizá no sea tan diferente de ese niño o ese animal del cuento...